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ENTIDADES
DE ETIOLOGÍA INFECCIOSA DE INTERÉS EN ESPAÑA.
TUBERCULOSIS.
Consultar Formación Continuada en Veterinaria Vol. 1 nº 4:
Tuberculosis respiratoria en bóvidos.
PERINEUMONÍA
BOVINA.
Etiología.
La perineumonía o pleuroneumonía contagiosa bovina
está ocasionada por un micoplasma denominado Mycoplasma mycoides,
variedad mycoides ("tipo colonia pequeña"). Es
un agente pleomórfico, gram negativo, que se tiñe con el
método de Giemsa. Dentro del grupo de micoplasmas existen gérmenes,
tanto saprofitos como patógenos, conocidos internacionalmente como
agentes PPLO (pleuro-pneumonia-like-organism = organismos semejantes
a los de la pleuroneumonía); estos microorganismos poseen características
comunes con las bacterias y rickettsias. La designación del término
"colonia pequeña" es utilizada para distinguir este microorganismo
productor de la perineumonía bovina del Mycoplasma mycoides
subespecie mycoides ("tipo colonia grande") que produce
dicha enfermedad en las cabras (1-5).
Existen más de 60 especies de micoplasmas que pueden afectar al
tracto respiratorio de los animales y al hombre. En los bóvidos
se produce la enfermedad por el ya citado M. mycoides ("tipo
colonia pequeña") aunque también se consideran patógenos
M. bovis, M. dispar y Ureaplasma (T-mycoplasma), y en menor medida
el M. arginini, Alkatescens y Acholeplasma. En ocasiones se asocian
con otros agentes infecciosos, dando lugar a una entidad que actualmente
se conoce como cuffing pneumonia (2, 4, 5).
Localización
geográfica.
Históricamente la perineumonía bovina apareció
en Centroeuropa en 1863, extentiéndose a Estados Unidos en 1884;
unos años más tarde, en 1892, se erradicó en USA,
Australia y gran parte de Europa. En 1853, aparecieron brotes importantes
en España, principalmente en Cataluña y Madrid. Ello provocó
a finales del siglo XIX su extensión al resto de la península.
Actualmente se localiza en Asia, África Central, España
y Portugal (1, 3, 4).
Epizootiología.
Animales
afectados.
Afecta exclusivamente a los bóvidos, siendo susceptibles especies
afines tales como el búfalo, cebú, bisonte, reno y yak,
aunque se afectan raramente. Las razas de bóvidos autóctonos
presentan mayor resistencia a la enfermedad. Además, al ser una
enfermedad de evolución crónica, los terneros normalmente
no se ven afectados (1, 4).
Transmisión.
La transmisión de la enfermedad requiere un íntimo
contacto entre los animales infectados y los susceptibles. Parece probable
que se transmita por la inhalación de gotas de flügge exhaladas
por animales infectados. Por este motivo, el medio más fiable de
reproducirla, es por exposición endobronquial o suministrando a
través de un aerosol una suspensión de micoplasmas obtenidos
de cultivos previos o de un pulmón infectado. La enfermedad puede
ser reproducida en un número variable de animales tras la aerosolización
o instilación endobronquial de micoplasmas cultivados, pero las
lesiones son frecuentemente pequeñas y multifocales, y no dan lugar
a consolidación confluente de grandes áreas de pulmones
tal y como ocurre en brotes de campo. El uso de suspensiones de pulmones
infectados es el método más fiable para reproducir la perineumonía.
La transmisión experimental ha confirmado que en una población
expuesta, el 10-30% de los animales son refractarios a la enfermedad.
Esta resistencia es natural y no adquirida por exposición previa
al organismo. El período de exposición es bastante variable,
pero normalmente no es mayor de un mes, pudiendo ser de hasta 6 meses,
durante los cuales el animal ya infectado se manifiesta normal (1, 4).
Las ovejas y cabras no parecen contraer la enfermedad natural por el M.
mycoides subsp. mycoides ("tipo colonia pequeña") y no
parecen reproducir la enfermedad pulmonar después de la infección
experimental, pero desarrollan una severa reacción local y septicemia
si se inocula el organismo (4).
Mortalidad
y morbilidad.
La perineumonía bovina produjo enormes pérdidas en
el siglo XIX, llegando a producir una mortalidad del 40% en el vacuno
autóctono de las zonas endémicas; la mortalidad en un brote
de una granja cerrada no sobrepasa el 10% de los animales en las razas
europeas mejoradas.
Actualmente, la morbilidad puede ser del 80%, mientras que la tasa de
mortalidad varía del 10 al 70% de los animales de un brote. Sin
embargo, su evolución crónica hace que frecuentemente, por
razones económicas, los animales sean sacrificados antes de que
evolucione la enfermedad (1, 2, 4).
Sintomatología.
Se han descrito dos cuadros clínicos fundamentales: un cuadro agudo
o abierto y otro crónico o solapado, aunque pueden existir casos
hiperagudos en los que se produce la muerte antes de una semana.
El cuadro agudo o abierto se caracteriza por presentar síntomas
de neumonía aguda con fiebre, con temperatura de 40-42°C, el
pulso oscila entre 80-100 pulsaciones por minuto y la duración
entre 2-3 semanas, en las cuales los animales muestran una marcada dificultad
respiratoria con ollares abiertos y respiración abdominal (contragolpe
del ijar); no se tumban para evitar el dolor y presentan las extremidades
anteriores abiertas; presentan episodios dolorosos de tos con quejidos
y flujo nasal mucopurulento.
Existe una disminución en la rumia, en el apetito y en la producción.
Las lesiones extrapulmonares producidas por el micoplasma son poliartritis
en terneros y diarrea, abortos y muertes en animales adultos.
Un tercio de los animales, principalmente jóvenes, que se recuperan
de la enfermedad aguda son portadores de una infección residual
en los secuestros pulmonares. Los microorganismos quedan viables durante
largos períodos de tiempo en los secuestros.
La segunda forma clínica, cuadro crónico o solapado, puede
abarcar desde 8 días a 16 semanas. La duración del mismo
oscila entre 2-6 semanas. Los animales presentan tos seca y dolorosa,
que se manifiesta en cada golpe por una extensión del cuello para
paliar el dolor. Presentan el dorso arqueado y hay fiebre moderada que
oscila entre 39,5-40°C, afectándose con este tipo de síntomas
sobre todo los animales viejos. Al igual que en el primer período
pueden existir curaciones aparentes con recidivas.
En ambos casos, aún cuando los signos clínicos sólo
sean obvios en un 30% de los animales, la incidencia de las lesiones pulmonares
se aproxima a un 90% del rebaño (1, 2, 4).
Patogenia
y lesiones.
Existen variaciones en la susceptibilidad debido a la interacción
con otros organismos, lesiones neumónicas preexistentes y estado
de las defensas pulmonares. Parece que el micoplasma necesita alcanzar
el parénquima pulmonar, sin embargo, se desconoce la cadena de
mecanismos patógenos que intervienen. La vasculitis aguda, la exudación
fibrinosa, trombosis y necrosis son debidas, en parte, a una reacción
mixta de hipersensibilidad (tipo Arthus), como consecuencia de la reacción
de los anticuerpos circulantes con los antígenos de superficie
de los micoplasmas. Independientemente del origen de la vasculitis, la
trombosis puede causar una extensa respuesta produciendo fenómenos
de necrosis y formación de secuestros.
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| Fig. 1.
Hallazgos anatomopatológicos característicos de la perineumonía bovina. |
Es una
bronconeumonía fibrinosa con entrada vía aerógena
del agente etiológico. En su diseminación desde el tracto
respiratorio superior hasta los alvéolos va a provocar una traqueítis,
bronquitis, bronquiolitis y alveolitis descamativa. Los gérmenes
implicados toman como segunda vía la diseminación linfohematógena
de las paredes de los bronquios, bronquiolos y alvéolos, provocando
peribronquitis, peribronquiolitis y pleuritis serofibrinosa muy evidentes
(Fig. 1).
El mycoplasma mycoides ("tipo colonia pequeña") es extremadamente
tóxico, dando lugar a severas lesiones tanto por vía canalicular
como linfohematógena, como consecuencia de su acción sobre
las células endoteliales. Este tipo de acción origina las
lesiones típicas de la perineumonía bovina que podemos resumir:
las lesiones principales asientan en lóbulos fundamentales y apicales
con la característica imagen abigarrada, que corresponde a grupos
de lobulillos en diferentes tonalidades, desde el rojo vivo al grisáceo,
debido a las distintas fases de neumonía (congestión y edema,
fase de hepatización roja y fase de hepatización gris, fase
de resolución con fibrosis). Estas fases tan marcadas son típicas
de todas las bronconeumonías fibrinosas, principalmente las producidas
por Pasteurella spp y este agente PPLO que describimos. Otra lesión
típica es la denominada imagen marmórea, cuya denominación
es debida a la gran hipertrofia de los tabiques interlobulillares que,
además, aparecen de color blanco nacarado; esta lesión es
debida a la toxicidad del germen sobre las paredes vasculares que origina
extravasación de líquido al intersticio interlobulillar,
debido fundamentalmente a la falta de poros de comunicación interalveolar.
Este edema no puede ser reabsorbido por los vasos linfáticos, que
a su vez están trombosados. El edema pulmonar crónico produce
el depósito de tejido conjuntivo y la dilatación de los
vasos linfáticos (linfangiectasias).
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| Fig. 2.
Epistaxis y hemoptisis en una vaca afectada por el síndrome de vena
cava posterior. |
La presencia
de necrosis y secuestros se consideran también lesiones significativas;
su origen es la acción del micoplasma sobre los endotelios vasculares,
lo cual conlleva a la activación del factor de Hageman, aumento
de tromboplastina y plaquetas, y a un aumento de viscosidad de la sangre
que originan trombosis; estos trombos dan lugar a infartos y necrosis,
acompañados de un halo conjuntivo, que trata de aislar al agente
dando lugar a un secuestro.
Existen algunas ramas arteriolares que se ven libres de la acción
tóxica del germen y tratan de regenerar tejido pulmonar, dando
lugar a unas imágenes histológicas conocidas como focos
de organización, bastante patognomónicos de este proceso
patológico. Los exámenenes macro y microscópico son
de gran utilidad, pero hay que realizar diagnósticos diferenciales
con neumonías por Pasteurella spp., neumonía de origen traumático
o por aspiración, tuberculosis y Síndrome Respiratorio Bovino
(neumonía enzoótica) (2-6).
Diagnóstico.
Clínicamente, esta enfermedad es prácticamente imposible
de diferenciar de otros procesos tales como hidatidosis, pasteurelosis,
neumonía traumática o tuberculosis. Sin embargo, el estudio
anatomopatológico postmortem de alguno de los animales afectados
revela la presencia del aspecto marmóreo del pulmón con
vasos linfáticos dilatados, junto a un severo edema de las trabéculas
conjuntivas y presencia de secuestros junto a áreas de parénquima
aparentemente normal.
No obstante, el diagnóstico puede hacerse en base al cuadro clínico
y lesional, confirmándose siempre a través del aislamiento
e identificación del microorganismo en cultivo a partir del pulmón.
Los casos subclínicos pueden detectarse serológicamente
por medio de fijación de complemento (1, 2).
Control.
La administración de antibióticos como tilosina, tetraciclinas
y lincomicina vía parenteral es efectuada con éxito para
luchar frente a micoplasmas. Asimismo, se han utilizado numerosas vacunas
(V-5, Mugaga, Hall o KH3J de Neahi) para controlar la enfermedad en zonas
endémicas aunque no se han obtenido resultados satisfactorios con
su aplicación.
Además, indicaremos que, en España, la vigente Ley y Reglamento
de Epizootias, en su artículo 296, prohíbe el tratamiento
de animales enfermos o sospechosos de padecer perineumonía. Igualmente
algunos organismos mundiales como la FAO, prohíben el tratamiento
quimioterápico de dichos animales, ya que la administración
de antibióticos asociados con prednisolona mejora sensiblemente
el cuadro clínico, produciendo un blanqueo del animal, pero no
conducen a una curación etiológica del proceso; el micoplasma
queda indemne en las zonas de secuestro durante años, lo que permite
la aparición de nuevos brotes (1, 2, 5).
ENTIDADES
ESPORÁDICAS DE
ETIOLOGÍA NO INFECCIOSA.
SÍNDROME
DE VENA CAVA.
Trombosis
de vena cava posterior.
Epidemiología.
Esta enfermedad es relativamente frecuente en el ganado bovino de
Europa, sobre todo en el Reino Unido. Afecta a bóvidos mayores
de un año, aunque puede ocurrir a cualquier edad. La mayoría
de los animales afectados se encuentra en régimen intensivo donde
se utilizan dietas ricas en grano, existiendo una frecuencia más
alta en aquellas épocas del año en las que los animales
necesitan dietas suplementarias (6).
Etiología.
Existe una clara relación entre la presencia de esta enfermedad
y la de abscesos hepáticos que se origina por ruminitis, siendo
la causa de mayor morbilidad y mortalidad. La presencia de timpanismo
empeora el pronóstico de los animales (6, 8).
Sintomatología.
Clínicamente, se manifiesta como una infección de las
vías respiratorias. Normalmente los animales afectados presentan
sintomatología respiratoria previa al proceso. Suele haber un aumento
de la frecuencia y profundidad de la respiración, tos, anemia,
epistaxis y hemoptisis (Fig. 2), y bajada de la presión venosa
central. Las respiraciones son dolorosas y acompañadas de un gruñido.
La palpación profunda de los espacios intercostales y encima del
xifoides es muy dolorosa. En fases iniciales los sonidos pulmonares se
mantienen normales, pero al aparecer lesiones en la arteria pulmonar,
neumonía embólica y colapso pulmonar, se escuchan estertores
diseminados durante la auscultación.
Cerca de un tercio de los bovinos afectados empeoran de forma progresiva
durante un período de 2 a 18 días, con disnea moderada a
grave, y mueren por anemia crónica aguda. Casi la mitad de los
casos mueren de forma repentina por hemorragia intrabronquial profusa.
Ésta es probablemente la única causa en bovinos, de hemorragia
aguda de las vías respiratorias que hace que el animal muera de
forma fulminante. El resto de los animales sufre una enfermedad aguda
de 24 horas.
Con frecuencia se hallan algunas manifestaciones de alteración
hepática, como hepatomegalia, ascitis y melena. A medida que avanza
la enfermedad, se desarrolla cor pulmonale crónico que conlleva
signos de insuficiencia cardiaca congestiva.
La exploración radiológica del tórax de algunos animales
enfermos revela una densidad pulmonar aumentada. Estos signos son irregulares,
focales o difusos, pero inespecíficos.
La fórmula leucocitaria del animal sufre una desviación
mieloide, neutrofilia, con desviación regenerativa hacia la izquierda
e hipergammaglobulinemia por infección crónica (6).
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| Fig. 3.
Patogenia del síndrome de vena cava posterior en bóvidos. |
Patogenia.
La patogenia de la enfermedad (Fig. 3) está en relación
con la aparición de trombos en la vena cava posterior (Fig. 4)
y el alojamiento de los mismos en la arteria pulmonar, causando embolia,
endoarteritis, abscesos pulmonares múltiples y neumonía
supurativa crónica. Esto provoca una hipertensión en la
arteria pulmonar, dando lugar a aneurismas que se rompen y provocan hemorragias
intrapulmonares o intrabronquiales masivas. Los trombos de la vena cava
se originan en abscesos hepáticos o postdiafragmáticos (onfalógenos
o mamarios). Al principio se produce flebitis y, posteriormente, los trombos
se dirigen hacia la porción torácica de los vasos. Cuando
el trombo ocluye las salidas de las venas hepáticas a la vena cava,
se produce congestión del hígado y hepatomegalia; en algunos
casos también se produce ascitis y distensión abdominal
(6).
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| Fig. 4.
Se observa en la luz de la vena cava posterior la presencia de trombos
y material purulento procedente de un absceso submural. Síndrome de
vena cava posterior. |
Hallazgos
patológicos.
En la necropsia podemos hallar grandes trombos pálidos en
la vena cava posterior, entre el hígado y la aurícula derecha.
La oclusión de la cava produce hepatomegalia y ascitis. Muchas
veces también hay abscesos hepáticos de tamaño variable,
cerca de la pared de la vena cava posterior trombosada. Asimismo, es frecuente
encontrar tromboembolia pulmonar acompañada de múltiples
abscesos pulmonares, neumonía supurativa y erosión de las
paredes de la arteria pulmonar que provoca hemorragia intrapulmonar. Los
pulmones muestran enfisema, edema y hemorragia. Se pueden aislar diversas
bacterias, incluyendo estreptococos, E. coli, estafilococos y Fusobacterium
necrophorum en los abscesos del hígado.
Los animales que mueren súbitamente son encontrados en un charco
de sangre y, al realizarles la necropsia, se les encuentran numerosos
coágulos en los bronquios y la tráquea.
Esta enfermedad debe diferenciarse de la neumonía verminosa, la
neumonía por aspiración crónica, la endoarteritis
pulmonar por endocarditis y la neumonía intersticial atípica
crónica. No hay tratamiento que detenga la evolución de
la enfermedad. Por ello, el veterinario debe realizar controles clínicos
periódicos para reconocer este proceso. Una vez detectado, el animal
debe ser enviado al matadero para evitar el sufrimiento (6, 9).
Trombosis
de vena cava anterior.
Se han descrito casos de animales con trombosis de la vena cava anterior.
Como en el caso anterior, se observan síntomas respiratorios que
incluyen tos, hiperpnea y mala tolerancia al ejercicio, debido a la presencia
de abscesos pulmonares. La hipertensión pulmonar no es un signo
característico, a diferencia de lo que ocurre en el síndrome
de vena cava posterior. Sin embargo, se aprecia un aumento de la presión
de la vena yugular con dilatación de ésta y edema local.
En terneros se ha observado asociada con infección umbilical.
NEUMOPATÍAS
DE ORIGEN PARASITARIO.
Las lesiones pulmonares en las neumonías parasitarias varían
desde neumonías intersticiales durante la migración larvaria,
hasta bronquitis crónicas causadas por localización intrabronquial
de los parásitos adultos, e incluso neumonías granulomatosas
debidas a la muerte de las larvas, larvas errantes o huevos de parásitos.
En muchos casos se produce un "síndrome eosinofílico"
en los pulmones, caracterizado por infiltrados de eosinófilos en
el intersticio pulmonar y los espacios broncoalveolares, además
de una eosinofilia periférica. Secundariamente se produce atelectasia
y enfisema debido a la obstrucción de la porción conductora
baja. Éstos se consideran los hallazgos más frecuentes de
las neumonías parasitarias. Los parásitos adultos son observados
normalmente a simple vista. La gravedad de las lesiones está relacionada
con la carga parasitaria, el tamaño de los parásitos, la
existencia o no de exposición previa al parásito y la naturaleza
de la interacción parásito-hospedador, y algunas veces incluye
fenómenos de hipersensibilidad. En general, todas estas enfermedades
se incluyen dentro del término neumonía verminosa (10-12).
En bóvidos se han descrito neumonías producidas por los
siguientes parásitos:
o Echinococcus granulosus. Es un cestodo típico de los cánidos
que da origen a los denominados quistes hidatídicos. Normalmente
son hallados en los pulmones del hospedador intermediario, la oveja, pero
ocasionalmente otros animales domésticos, entre ellos los bóvidos,
actúan como tales. Sin embargo, estos quistes pueden ser estériles
y no producen protoescolices viables. Los quistes tienen escasa significación
clínica, pero sí gran importancia al ser una enfermedad
zoonótica, ya que el decomiso de los órganos afectados produce
graves pérdidas económicas (10, 12).
o Fasciola gigantica y Fasciola hepatica. Son trematodos que accidentalmente
invaden los pulmones, procedentes del hígado. Debido al gran tamaño
pueden sufrir migraciones erráticas, y un pequeño número
de parásitos alcanza el pulmón produciendo extensas cavidades,
las cuales pueden sufrir contaminaciones secundarias y producir abscesos
(4, 12).
o Ascaris suum. Es un parásito intestinal típico de los
cerdos que, ocasionalmente, puede infestar al ganado vacuno; sin embargo,
no completa su ciclo biológico pero sí sensibiliza al animal
frente a posibles reinfestaciones, produciendo un cuadro de hipersensibilidad
al que nos referiremos más tarde (12).
o No obstante, Dictyocaulus viviparus es el parásito más
frecuentemente relacionado con neumonía en los bóvidos adultos.
Todos los demás pueden considerarse parásitos ectópicos
(Bascuas, Alfonso López, 1995, dung).
Dictyocaulosis
pulmonar bovina.
Esta enfermedad es originada por un importante nematodo pulmonar,
Dictyocaulus viviparus
(D. viviparus), responsable de un proceso denominado neumonía verminosa
o bronquitis verminosa en ganado vacuno.
Epizootiología.
Afecta a bóvidos de todas las edades que pastan en campos
contaminados. Los animales más afectados son jóvenes (entre
4-6 meses de edad) que se encuentran en su primera estación de
pastoreo, mientras que los animales adultos raramente desarrollan el cuadro
clínico.
Esta enfermedad es típica de bóvidos que se encuentran en
régimen extensivo, en zonas templadas y húmedas. No obstante,
las larvas pueden resistir el frío, incluso del invierno, de esta
forma los animales más viejos quedan como portadores durante un
largo período de tiempo. Los brotes suelen observarse entre junio
y noviembre, cuando los animales llevan de dos a cinco meses de pastoreo
(4, 10, 11).
Ciclo
biológico.
El ciclo evolutivo del Dictyocaulus viviparus es directo, con unos
estadios de vida libre en el medio ambiente externo y otros de vida parasitaria.
Se inicia cuando las hembras de D. viviparus eliminan huevos embrionados
en los bronquios del hospedador. Mediante las secreciones bronquiales
y los accesos de tos los huevos son expulsados del pulmón a través
de la tráquea, llegando finalmente a la boca donde son deglutidos.
Ocasionalmente, algunos pueden ser encontrados en las mucosidades nasales,
esputos o en heces frescas. Bajo condiciones favorables en el tracto digestivo
los huevos eclosionan dando lugar a larvas L1, las cuales son eliminadas
al exterior con las heces. En menos de una semana la larva L1 muda a L3.
Un hongo coprófilo (Pilobolus spp.) facilita la diseminación
de las larvas sobre el pasto. La larva infectiva asciende al hongo que
crece sobre el estiércol e invade el esporangio. Cuando el esporangio
se rompe, la larva L3 se dispersa con las esporas fúngicas. El
ganado se infecta cuando ingiere esta larva en los pastos contaminados.
La larva L3 penetra en el intestino y migra vía linfática
a los ganglios linfáticos, donde muda a L4 y alcanza el sistema
vascular sanguíneo. De aquí es llevada a los pulmones y
penetra en los alvéolos. Los vermes adultos son encontrados en
la tráquea y bronquios. Los parásitos tardan 3 o 4 semanas
en madurar y empezar a producir huevos (11, 13).
Sintomatología.
La gravedad y duración de los signos clínicos dependen
principalmente de la cantidad de larvas ingeridas, de la edad del animal
y de las condiciones climáticas.
Los signos clínicos observados en animales infectados son: tos,
discreta taquipnea e hiperpnea y, en casos más graves, pérdida
de peso, fiebre y disnea; en la auscultación se escuchan ronquidos
y crepitaciones.
La mayor parte de los animales afectados de un brote se recupera. Las
muertes no son infrecuentes en terneros y generalmente se producen entre
20-25 días postinfección (4, 10, 11, 14).
Patogenia
y lesiones.
Las lesiones dependen de la edad del animal (por debajo de un año
se presenta de forma endémica) y de si el animal ha sido expuesto
con anterioridad a pastos contaminados. Las lesiones en parénquima
pulmonar pueden considerarse en dos fases principales, en función
del tiempo transcurrido desde la infestación:
o Fase prepatente: Período que se extiende desde que el animal
se infecta hasta que las larvas alcanzan el pulmón y maduran haciéndose
adultas. Durante esta fase las larvas L3 se localizan en sangre circulante,
llegando a los capilares alveolares que atraviesan, alcanzando la luz
alveolar. Allí se transforman en parásitos adultos, mientras
migran por los bronquiolos y bronquios. Cuando la infestación es
masiva, se observan macroscópicamente focos de neumonía
intersticial aguda de distribución panlobar. Histológicamente
se caracterizan por luces alveolares y bronquiolares ocupadas por larvas
y células inflamatorias agudas, principalmente eosinófilos.
Asociadas a estas áreas se presentan zonas de enfisema bicariante.
o Fase patente: Durante este período los adultos se localizan en
los grandes bronquios. En esta fase, la lesión típica es
una bronquitis que se caracteriza por la presencia en las vías
aéreas de parásitos adultos rodeados de un exudado blanquecino,
enfisema intersticial y subpleural en lóbulos craneales, y zonas
neumónicas en lóbulos caudales. Secundariamente, se aprecian
zonas atelectásicas debido a la extensión del proceso de
los bronquios a los bronquiolos (bronquiolitis).
Microscópicamente observamos que el exceso de moco de los bronquios
se debe a una hiperplasia de células caliciformes. Asimismo, encontramos
otras lesiones en la porción conductora, como moderada infiltración
de células crónicas (linfocitos, células plasmáticas
y macrófagos) y eosinófilos en lámina propia de bronquios,
bronquiolos y alvéolos, y fibrosis peribronquial; áreas
de hiperplasia y metaplasia epitelial, acompañadas de bronquitis
obliterante (las luces de los grandes bronquios contienen parásitos
adultos, huevos, larvas, células desprendidas, neutrófilos,
eosinófilos y exudado mucoso) e hiperplasia de tejido linfoide
asociado a bronquios (BALT).
Como consecuencia de la aspiración de huevos y L1, se observan
zonas neumónicas debido a la presencia de edema e infiltrados de
eosinófilos y células gigantes en el parénquima alveolar,
produciendo su obliteración. Además, podemos encontrar algunos
granulomas eosinofílicos rodeando a huevos o larvas muertas. En
casos crónicos se observa también hiperplasia fibromuscular
de los septos alveolares y reepitelización alveolar.
Aunque se establezcan distintas fases sobre los mecanismos patogénicos,
de acuerdo con los autores consultados, durante la infestación
natural, las fases se solapan y asocian con hipertrofia de los ganglios
regionales. Los signos clínicos suelen desaparecer una vez que
los parásitos adultos son expulsados, no así las lesiones,
que pueden permanecer durante semanas.
En ocasiones los animales sufren reinfestaciones. Es un proceso respiratorio
de carácter leve que se produce cuando los bóvidos, que
ya han tenido contacto antigénico previo con el parásito,
bien por vacunación o por infección natural, ingieren cantidades
masivas de larvas. Esta forma se observa en animales de todas las edades
y, especialmente, en adultos.
Cuando se produce una reinfestación masiva, las larvas alcanzan
el pulmón pero son rápidamente destruidas, razón
por la que originan escasos signos clínicos y ausencia de muertes.
En esta forma se observan formaciones nodulares subpleurales de pequeño
tamaño y color gris amarillento en los lóbulos diafragmáticos.
Cada nódulo está compuesto por un núcleo central
con restos parasitarios rodeados de macrófagos, células
gigantes multinucleadas, linfocitos y células plasmáticas.
Con el tiempo estos nódulos se transforman en tejido linforreticular
maduro. En ocasiones, algunos animales desarrollan cuadros de hipersensibilidad
semejantes a los que describiremos en neumonías alérgicas
debido a estas reinfestaciones (4, 12, 14, 15).
Diagnóstico.
Se realiza en función de los datos epidemiológicos,
signos clínicos y cuadro lesional. Además, en la fase postpatente
pueden identificarse las larvas de D. viviparus en las heces a través
de análisis coprológicos, preferentemente el método
de Baermann. Es importante diferenciar morfológicamente las larvas
de D. viviparus con larvas de vida libre, larvas de Strongyloides papillosus
y de diversas especies de Trichostrongylidae.
Las técnicas de fijación de complemento, hemoaglutinación
indirecta (HIA), aglutinación látex, inmunofluorescencia
indirecta (IFI) y el método de ELISA, permiten detectar anticuerpos
específicos. La técnica inmunoenzimática permite
detectar infecciones latentes en hembras lactantes en otoño, que
es cuando se encuentran las larvas en pulmón y no existen en heces,
aunque es preciso tener en cuenta que su especificidad y sensibilidad
varían según el antígeno utilizado (10, 16).
Control.
En la actualidad, la forma de control de los animales jóvenes
antes de acceder por primera vez al pasto es la vacunación. Se
aconseja la utilización de una vacuna de larvas vivas irradiadas,
que se administra por vía oral en dos dosis separadas por un intervalo
de cuatro semanas (10).
Tratamiento.
El tratamiento se realiza con antihelmínticos:
o Levamisol, oxfendazol, fenbendazol, albendazol e ivermectina son eficaces
frente a todas las etapas de D. viviparus.
o Dietilcarbamazina: es muy eficaz frente a todos los estadios larvales,
pero no contra las formas adultas.
NEUMONÍAS
TÓXICAS Y ALÉRGICAS.
Neumonías
tóxicas.
Enfisema
y edema pulmonar agudo bovino (en inglés ABPE).
Este proceso es más conocido por el término de fog
fever en los países anglosajones. Epidemiológicamente este
síndrome respiratorio de curso agudo se produce normalmente en
animales adultos (mayores de dos años) en régimen extensivo
de pastoreo, como consecuencia del traslado de campos de pasto escaso
y seco a otros con abundante y joven hierba verde. Se ha observado una
relación directa entre la exuberancia de los pastos y la gravedad
de la enfermedad; es por ello que las épocas de mayor incidencia
son primavera y otoño.
Este proceso, poco conocido en nuestro país, es considerado en
Inglaterra la principal causa de muerte de bóvidos adultos en régimen
extensivo (2, 4, 12, 17, 18).
Sintomatología.
Clínicamente los animales desarrollan una dificultad respiratoria
severa dos semanas después del cambio brusco al pasto, y los síntomas
son, generalmente, muy graves: abatimiento, anorexia, ausencia de fiebre
y tos escasa. A la auscultación se escuchan chasquidos suaves en
los lóbulos cráneo-ventrales y crujidos violentos (producidos
por el enfisema) en los lóbulos caudales. La sintomatología
se agrava considerablemente (disnea espiratoria y respiración bucal)
cuando los animales son sometidos a estrés o ejercicio brusco.
Generalmente se ven afectados por la enfermedad el 70% de los animales
susceptibles del rebaño (adultos), aunque únicamente un
5% lo hace de forma grave. Aproximadamente el 30% de los animales gravemente
enfermos muere en un plazo de 2-3 días. Este porcentaje aumenta
considerablemente si los animales son trasladados o excitados.
Pocos días después del inicio de los signos clínicos,
la alteración respiratoria se hace menos acusada, y los animales
comienzan a recuperarse, aunque persiste la taquipnea e hiperpnea. Los
animales que sobreviven a la fase aguda, generalmente se recuperan (2,
12, 18).
Patogenia.
Selman et al (1977) confirmaron que este tipo de pastos contienen elevadas
cantidades de aminoácido L-triptófano (Fig. 5), que es transformado
en el rumen en 3 metil-indol y ácido indol-acético, sustancias
que tienen actividad sobre las células y membranas celulares de
los septos alveolares y de los bronquiolos. Oxidasas de función
mixta presentes en las células bronquiolares no ciliadas (células
de Clara) metabolizan el 3-metilindol, produciendo un metabolito altamente
neumotóxico que causa una necrosis extensa de las células
bronquiolares y de los neumocitos tipo I (4, 12, 17, 18).
Existe un gran número de sustancias tóxicas en los vegetales
que, tras su metabolismo, producen compuestos neumotóxicos dando
lugar a síndromes clínicos y patológicos semejantes
al descrito, como es el caso del 4-ipomeanol que se encuentra en patatas
contaminadas con el hongo Fusarium solani, o también en la menta
púrpura (Perilla frutescens) (12).
Hallazgos
patológicos.
En la necropsia, los animales muertos súbitamente de ABPE
presentan lesiones macroscópicas características de una
neumonía intersticial difusa aguda, con un severo edema intersticial
y alveolar y enfisema interlobular. Los pulmones están voluminosos,
pálidos, de color bronce y de consistencia gomosa, siendo las lesiones
más evidentes en los lóbulos caudales. Existe congestión
y hemorragias en laringe, tráquea y bronquios. En ocasiones, puede
apreciarse enfisema subcutáneo a lo largo de la espalda y se observa
la presencia de abundante espuma blanca en tráquea y bronquios.
Microscópicamente las lesiones son edema y enfisema alveolar e
intersticial, formación de membranas hialinas (típicas del
distrés en adultos) dentro de los alvéolos y, en aquellos
animales que sobreviven varios días, hiperplasia de los neumocitos
tipo II (2, 4, 12, 18).
Diagnóstico.
El diagnóstico de esta enfermedad puede hacerse teniendo en
cuenta los datos epidemiológicos, así como los hallazgos
clínicos y anatomopatológicos. No obstante, la confirmación
del proceso debe hacerse mediante la identificación del triptófano
o de sus metabolitos en sangre (2).
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| Fig. 5.
Patogenia de las neumonías tóxicas y alérgicas en bóvidos. |
Control.
El tratamiento es exclusivamente sintomático (epinefrina y
corticosteroides). Además, debe evitarse que los animales sean
excitados o que realicen un ejercicio excesivo; por tanto, no es conveniente
el traslado de los animales a otra pradera. Como medidas preventivas,
debe evitarse que los animales que han estado sometidos a dietas pobres
tengan acceso brusco a pastos exuberantes (2).
Neumonías
alérgicas.
Neumonitis
hipersensible.
Etiología.
Es una enfermedad observada principalmente en ganado vacuno, que permanece
estabulado durante los meses de invierno. Esta entidad comparte numerosas
similitudes con un proceso respiratorio del hombre denominado "pulmón
de granjero" (farmer's lung). Dicha enfermedad es el resultado de
una reacción de hipersensibilidad tipo III (Arthus) que se produce
al inhalar esporas de hongos, principalmente actinomicetos termófilos
y Microspora faeni. Estos hongos son encontrados comúnmente en
el heno mohoso. Se trata de una bronquioalveolitis alérgica producida
por la exposición repetida de los animales al heno enmohecido.
Este proceso ha recibido distintas denominaciones como alveolitis extrínseca
alérgica del ganado o "pulmón del granjero bovino"
(bovine farmer's lung) (2, 4, 12, 19).
Sintomatología.
Clínicamente puede ser agudo o crónico, pero sigue
un modelo cíclico exacerbándose durante los meses de invierno.
Provoca pérdida de peso, tos e intolerancia al ejercicio (2).
Hallazgos
patológicos.
Macroscópicamente, el pulmón presenta en casos leves
múltiples focos pequeños grises subpleurales (inflamación
granulomatosa) o incluso una apariencia de corcho, presentándose
en casos severos pálidos, firmes y pesados, debido a la hiperplasia
del epitelio alveolar y la fibrosis. Los lóbulos pulmonares presentan
zonas hiperinsufladas.
Las lesiones características son una bronquitis y bronquiolitis
linfoplasmocitaria, asociadas con una severa bronquitis obliterante, presencia
de granulomas dispersos (compuestos de células epitelioides y células
gigantes), engrosamiento del septo alveolar por infiltración de
células redondas, así como de eosinófilos y mastocitos.
El ganado es más probable que muera como resultado de una enfermedad
crónica y severa. Además se observa una severa fibrosis
intersticial, acumulación de macrófagos alveolares, e hiperplasia
de neumocitos tipo II; asimismo puede existir metaplasia de estas células
a células ciliadas o secretoras de moco. Como consecuencia de las
alteraciones vasculares puede provocar una hipertensión pulmonar,
y cor pulmonale en un número pequeño de casos. En casos
avanzados, los granulomas epiteliales están ausentes (2, 12, 14,
19).
En ocasiones, pueden observarse cuerpos asteroides causados por Aspergillus
spp. debido a la falta de higiene (pobre ventilación, aumento de
la humedad, entre otros), que produce unas condiciones óptimas
para el crecimiento no sólo de Microspora faeni sino también
de Aspergillus spp. dando en ocasiones aspergilosis pulmonar.
La neumonía intersticial crónica o alveolitis fibrosante
difusa es semejante a lo que ocurre en casos avanzados de una neumonitis
hipersensible, observándose algunas veces en ganado de cebo, sin
embargo, la causa es desconocida (2).
o Existen otros síndromes respiratorios alérgicos que se
manifiestan por hipersensibildad: es el caso de la reinfestación
con larvas de Dictyocaulus viviparus, que provoca síntomas y lesiones
que son indistinguibles del fog fever, con la excepción de una
marcada infiltración eosinofílica y la posible observación
microscópica de las larvas en el exudado.
Recientemente se ha sugerido que la presencia de enfisemas con alveolitis
proliferativa y formación de membranas hialinas puede ocurrir en
estadios tardíos de la infección con el virus de la rinotraqueítis
bovina (IBR). Parece ser que un mecanismo inmunomediado está implicado
como primera causa de enfermedad. Asimismo, se ha descrito una anafilaxia
sistémica (hipersensibilidad tipo I) como consecuencia de la alergia
desarrollada por algunos bóvidos de producción lechera frente
a las proteínas de la leche (caseína y lactoalbúmina).
Clínicamente produce una congestión aguda pulmonar, edema,
e incluso hemorragia y enfisema en vacas sensibilizadas. La inhalación
de gases de estiércol, tales como sulfuro de hidrógeno y
amoníaco y dióxido de nitrógeno procedente de silos,
puede ser tóxica para el hombre y los animales. Altas concentraciones
de estos gases son tóxicas para el pulmón, produciendo la
necrosis de las células bronquiolares y neumocitos tipo I causando
un edema pulmonar fulminante, asfixia y una muerte rápida. Además
el dióxido de nitrógeno, así como otros gases oxidantes,
producen bronquiolitis y neumonía intersticial con fibrosis a los
animales supervivientes (12).
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