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1.
INTRODUCCIÓN
El corzo
(Capreolus capreolus) (Figs. 1 y 2) es un cérvido con una amplia
área de distribución en Europa y Asia. Durante siglos, ha
sufrido tal presión por parte del hombre que sus poblaciones desaparecieron
o disminuyeron de forma considerable en numerosas regiones. En la actualidad,
debido a la conjunción de diferentes factores, entre los que se
puede citar como uno de los más importantes el establecimiento
de planes de gestión de la especie, ha recolonizado parte de su
territorio original, bien de forma natural o bien mediante reintroducciones
(Boisaubert y Boutin, 1990).
En España, el corzo se distribuye de forma homogénea por
los Pirineos, Cordillera Cantábrica, Montes de León y mitad
norte del Sistema Ibérico, penetrando a lo largo del Sistema Central
hasta las proximidades de la Sierra de Gredos. En el sur existen poblaciones
aisladas de corzos en los Montes de Toledo, Sierra Morena y Sierras de
Cádiz y Málaga. Mientras que las poblaciones del norte se
encuentran en expansión, las de las zonas más meridionales
tienden a la disminución de sus efectivos (Aragón et al.,
1995; Braza et al., 1989).
Un ejemplo significativo es el de Cataluña. El corzo se extinguió,
pero a partir de los años 70, con la realización de reintroducciones
tanto en la zona francesa próxima como en la catalana, se encuentra
en plena expansión (Ruiz-Olmo y Aguilar, 1995) y en no muchos años
poblará una parte importante del territorio catalán. Ejemplos
como éste existen numerosos en toda España y todavía
son bastantes las zonas que pueden ser recolonizadas por esta especie.
Una de las circunstancias que ha propiciado la expansión del corzo
es la realización de un gran número de repoblaciones y reintroducciones
en numerosas zonas de nuestro país. Estas actividades requieren
la captura y manejo posterior de los animales, lo que conlleva un peligro
para su vida debido fundamentalmente al estrés que se produce.
Realizar la captura y manejo posterior de la forma lo menos estresante
posible es uno de los objetivos fundamentales que hay que plantearse siempre
que se trabaje con estos animales.
En el presente trabajo se hace una revisión de los métodos
de captura del corzo así como del manejo postcaptura hasta su liberación.
Con ello, se pretende dar a conocer una serie de particularidades que
presenta esta especie y que tienen como finalidad reducir el estrés
de los animales y, en definitiva, conseguir el mayor índice posible
de supervivencia al realizar estas operaciones.
2. MÉTODOS DE CAPTURA
Muchas de
las técnicas de captura empleadas en la actualidad son adaptaciones
de las utilizadas ancestralmente, con la principal diferencia centrada
en su objetivo. Antes era el de matar al animal para utilizarlo como alimento
y ahora es el de capturarlo vivo e ileso hasta el momento de su liberación.
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| Fig.
2: Corzo macho. |
Fig.
1: Grupo de corzos donde pueden observarse tres hembras (izquierda)
y un macho. La forma del escudo anal, de riñón en los
machos y de corazón en las hembras, permite diferenciar los
sexos cuando los machos no poseen cuernos. |
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| Fig. 3:
Caja trampa para la captura de corzos. |
La captura
de ungulados salvajes no es un fin, sino un medio para llevar a cabo estudios
científicos, programas de repoblación, reintroducciones,
etc. Es por ello que en la elección del método de captura
deben tenerse en cuenta una serie de factores de orden general (la seguridad
de los operarios, la seguridad de los animales, la comodidad, la adaptación
del método a las condiciones particulares del terreno y su especificidad),
así como otros que respondan a las necesidades concretas del proyecto
(el rendimiento medio del método, la selectividad a la hora de
capturar animales de un sexo y una edad determinados, la capacidad para
proporcionar grupos sociales o animales individuales, el número
de operarios disponibles, el presupuesto del que se dispone, etc) (Berducou,
1993).
Los métodos de captura utilizados para el corzo se pueden clasificar
en dos grandes grupos: métodos físicos y métodos
químicos.
2.1. Métodos físicos
Existen
diferentes métodos para la captura física de los corzos.
Estos, se pueden dividir en métodos de captura física individual
y colectiva. En este apartado comentaremos los que se utilizan con más
frecuencia.
2.1.1. Métodos de captura física individual.
Los sistemas de captura individual tienen la ventaja de requerir
poco personal, pero son poco selectivos por lo que respecta a los animales
capturados. Los más utilizados en Europa son:
- Cajas trampa (Jones, 1984) (Fig. 3). Son jaulas metálicas
o de madera con una o dos puertas corredizas que se cierran por un
mecanismo de resorte cuando el animal entra en la caja. Es recomendable
que tengan dos puertas, ya que los animales se fían más
si ven una salida que si la jaula está cerrada por uno de los
extremos. Se emplean alimentos (por ejemplo, alfalfa) o sal como cebo.
Es por ello que su éxito depende de la necesidad de alimentarse
que tenga el animal y, por lo tanto, será mucho más
eficaz durante el invierno, cuando el alimento es más escaso
(Jones, 1984). El mayor inconveniente de este sistema es que hay que
vigilar la trampa constantemente para evitar que los animales se lesionen
al intentar escapar.
- Lazos (Boutin et al., 1993b). Esta técnica consiste en colocar
un cable metálico que se cierra sobre la extremidad cuando
el animal lo pisa. Los lazos se colocan en los pasos que los animales
utilizan habitualmente. Acostumbran a tener un dispositivo que evita
la estrangulación de la extremidad, lo que a veces permite
que puedan escaparse. Se trata de un método sencillo, más
eficaz durante el invierno (Berducou, 1993) y adaptable a diferentes
tipos de terreno. Sin embargo, requiere una vigilancia constante para
evitar que el animal permanezca durante mucho tiempo atrapado y se
produzcan lesiones en las extremidades.
Para resolver
el principal problema de estos dos métodos, es decir, la necesidad
de vigilar constantemente las trampas, se pueden utilizar transmisores
a distancia que avisan cuando cae algún animal.
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Fig. 5:
Red vertical colocada en una zona llana.
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Fig.
4: Red vertical colocadas en una zona subalpina para la captura de
corzos. |
- Reclamo (Van Laere et al., 1993). El uso del reclamo de corzo optimiza
la captura de crías en los bosques cerrados y facilita la identificación
de sus madres.
- Redes manuales. Son redes de poca longitud que, sostenidas por dos
personas colocadas a ambos extremos, permiten acorralar al animal
hasta que queda enredado en ella. Se emplean en animales en cautividad
o capturados mediante trampas de corral (Jones, 1984).
2.1.2.
Métodos de captura física colectiva.
Los sistemas de captura física colectiva requieren un mayor
número de personas y una mayor inversión en material. No
obstante, permiten capturar grupos numerosos. Los más utilizados
en Europa para la captura del corzo son:
- Redes verticales (Boulin et al., 1993; Jones, 1984; Meneguz et al.,
1994) (Figs. 4 y 5). Este es el método más utilizado para
la captura de corzos. Consiste en disponer una serie de redes elevadas,
sujetas en árboles o palos de madera situados cada 6-10 m. Uniendo
tramos de red de 50 m de longitud y de 2.5 m de altura se puede conseguir
una estructura con la forma (rectilínea, semicircular, en zig-zag,
en embudo) y la longitud deseadas. Un grupo de personas realiza una
batida para dirigir a los animales hacia la red. Otro grupo (una persona
cada 50 m de red aproximadamente) permanece escondido a unos 20-30 m
de la red para poder espantar los animales hacia la red y manejarlos
con rapidez y eficacia cuando queden enredados (Jones, 1984).
- Redes
de cañón. Se utilizan en campos abiertos donde anteriormente
se han colocado cebos (alimentos o sal). Las redes son disparadas a
distancia mediante cañones para que caigan sobre los animales.
2.2.
Métodos químicos
El objetivo
de estos métodos es la inmovilización química, mediante
la cual suprimimos el comportamiento de huida o de defensa del animal.
Este sistema es especialmente útil cuando hay que capturar especies
agresivas o bien, especies muy estresables (Gauthier, 1993). Se trata
de un método de captura individual que permite escoger al animal
deseado. Es, por lo tanto, de elevada especificidad y selectividad. Sin
embargo, el uso de agentes anestésicos implica un riesgo añadido
para el animal debido a sus posibles efectos secundarios y a la dificultad
que supone dosificar el anestésico en un animal del que no se conoce
el peso exacto ni su estado de salud.
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| Fig.
6: Rifle anestésico para la captura química. |
Fig.
7: Bolsas de red para el manejo postcaptura que permiten mantener
inmovilizado al animal. Puede observarse también la máscara utilizada
para cubrir los ojos de los animales capturados. |
La búsqueda
de anestésicos eficaces y seguros aún no ha terminado. El
fármaco ideal sería aquel que tuviese un índice terapéutico
(dosis letal/dosis efectiva) elevado, un periodo de inducción corto,
que fuese poco irritante a nivel muscular, estable en una solución
a temperatura ambiente, que dispusiese de un antídoto y que provocase
pocos efectos secundarios (Gauthier, 1993, Fowler, 1986).
Cuando se anestesia un animal hay que tener en cuenta una serie de factores
como son: la especie, el estado fisiológico (edad, sexo, gestación),
la condición corporal, el estado psicológico (grado de estrés)
y las condiciones ambientales (Kreeger, 1997; Fowler, 1986). Cualquier
alteración de estos factores en una especie determinada puede tener
una gran influencia en el resultado del procedimiento anestésico.
Es también necesario tener cierta práctica para estimar
el peso de los animales, para poder calcular la dosis necesaria de anestésico,
y la distancia a la que se encuentra el animal, en el caso que se utilicen
sistemas de teleanestesia (Fowler, 1986).
Los anestésicos se inyectan mediante dardos disparados con rifles
anestésicos especialmente diseñados para ello (Fowler, 1986)
(Fig. 6). También, se pueden emplear pistolas o cerbatanas (Jones,
1984), pero su distancia de disparo es más corta, por lo que se
utilizan, casi exclusivamente, en animales en cautividad.
En nuestro país apenas se utiliza la teleanestesia para capturar
ungulados salvajes, ya que la distancia de huida acostumbra a ser muy
grande. Sin embargo, en otros países europeos sí que es
muy utilizada, ya sea porque la captura física está prohibida
(por ejemplo, en Austria), o bien, porque los ungulados no son perseguidos
ni cazados y dejan que el hombre se acerque más a ellos.
No existe un protocolo tipo para la inmovilización de los animales
salvajes debido a la gran variedad de posibles situaciones. Es por ello
que hay que crearse un árbol de decisiones que tenga en cuenta
la especie, su biotopo y los objetivos de la captura (Gauthier, 1993).
En algunos casos, el factor económico puede influir en la elección.
Las combinaciones y dosis anestésicas que se utilizan en el corzo
son las siguientes:
- Xilacina + Ketamina: 3 mg/kg + 5 mg/kg (+ 2.5 mg/kg de ketamina) (Kreeger,
1997)
- Xilacina + Ketamina: 0.5-2 mg/kg + 5-8 mg/kg (Jones, 1984)
- Hellabrunner Mischung (125 mg de xilacina + 100 mg de ketamina/ml):
0.13 ml/10 kg (Giacometti, 1994)
- Medetomidina + Ketamina: 50-60 mg/kg + 1-2 mg/kg (Jalanka y Roeken,
1990).
- Immobilon + Xilacina. 0.3 ml + 5 mg/adulto (Giacometti, 1994)
La sedación
se puede conseguir utilizando los siguientes fármacos:
- Xilazina: 0.5-1.0 mg/kg (Seal y Bush, 1987).
- Acepromacina: 0.05-0.1 mg/ml (Arnemo et al., 1993).
3. MANEJO POSTCAPTURA
Tanto si
se utilizan métodos químicos como físicos para capturar
corzos, lo primero que hay que hacer es contener al animal para disminuir
el estrés y evitar que se lesione y, a continuación, cubrirle
los ojos con algún tipo de máscara de tela para privarle
de los estímulos visuales y así reducir en lo posible la
respuesta de estrés (Fig. 7). Hay que tener cuidado en no tapar
los orificios nasales con la máscara para no dificultar la respiración.
Los animales deben colocarse en decúbito esternal para permitir
la salida de gases del rumen ya que si se mantienen en decúbito
lateral, pueden desarrollar un timpanismo. Especialmente cuando se utilizan
anestésicos, la cabeza debe mantenerse elevada y la boca dirigida
hacia abajo para que el exceso de saliva y, en caso de reflujo ruminal,
el contenido salgan de ella. Si hay que girar al animal, es preferible
hacerlo sobre su esternón en lugar de sobre su espalda, ya que
esto puede provocar el reflujo ruminal (Nielsen, 1999).
Es muy importante controlar la temperatura corporal del animal para que
no aumente excesivamente. Para ello, lo primero que hay que hacer es colocarlo
en un lugar donde la temperatura ambiental le permita disipar el calor
generado por el ejercicio y por la respuesta de estrés desencadenada
por el procedimiento. Una manera fácil de conseguirlo es poniendo
el animal a la sombra. Si la temperatura supera los 40ºC hay que
ventilarlo o mojarlo con agua para incrementar la pérdida de calor
a través de su evaporación (Kreeger, 1997). Es importante
frotar la piel al mismo tiempo que se vierte el agua. Para controlar la
temperatura corporal pueden tomarse medidas de la temperatura rectal o
bien de la timpánica (Drew, 1998). En el caso de animales inmovilizados
mediante anestésicos hay que controlar la frecuencia respiratoria,
la frecuencia cardíaca, la calidad del pulso y la saturación
de oxígeno, además de la temperatura.
Al mismo tiempo, con el animal inmovilizado podemos valorar su condición
corporal, peso, edad, realizar una exploración clínica y
obtener muestras para su posterior análisis (Nielsen, 1999), además
de otros datos que se quieran recoger.
Durante todo el manejo, los operadores deben trabajar con cuidado para
evitar ser dañados por las reacciones bruscas del animal, especialmente
cuando se trabaja con machos con cuernos. Además, es preciso que
se trabaje con mayor silencio posible para reducir el estrés y,
si es el caso, para mantener el plano anestésico sin necesidad
de administrar más anestesia. Puede ser útil introducir
algodón en el conducto auditivo externo a modo de tapón
para reducir los estímulos sonoros. La colocación de estos
tapones tienen el inconveniente de que se nos puede olvidar quitarlos
antes de dejar en libertad el animal.
El uso de neurolépticos permite reducir los efectos que ejercen
el estrés físico y el psicológico sobre los animales
y facilita su manejo, transporte (Hofmeyr, 1981) y adaptación a
la cautividad (Atkinson y Blumer, 1997, Ebedes, 1993). Los neurolépticos
incluyen los llamados tranquilizantes mayores, es decir, las fenotiacinas
(acepromacina, perfenacina y otras), las butirofenonas (haloperidol, droperidol
y azoperona) y los tioxantenos (zuclopentixol). Los tranquilizantes menores,
como las benzodiacepinas, se incluyen en el grupo de fármacos ansiolíticos
(Rang y Dale, 1991). Según la duración de su efecto, los
neurolépticos se clasifican en neurolépticos de corta duración
(hasta 18 horas) y neurolépticos de larga duración (entre
3 y 21 días). Para procedimientos cortos puede utilizarse la acepromacina
a dosis de 0.05-0.1 mg/kg (Arnemo et al., 1993). Cuando los animales van
a mantenerse un tiempo en cautividad o van a ser sometidos a un transporte
largo es recomendable utilizar combinaciones de neurolépticos de
corta y de larga duración para que sus efectos se complementen
(Ebedes y Raath, 1999). Una de las más utilizadas es la que combina
el haloperidol con enantato de perfenacina (Atkinson y Blumer, 1997; Ebedes
y Raath, 1999).
4. MARCAJE
El marcaje
de corzos está relacionado directamente con su captura y se puede
realizar con diferentes finalidades, tanto desde el punto de vista científico
como de su gestión. Estas dos finalidades, con frecuencia, están
íntimamente relacionadas, ya que los datos científicos así
obtenidos se pueden aplicar con posterioridad a la gestión. En
España, hasta la fecha no existe legislación específica
sobre marcaje de animales salvajes (a excepción de las aves). El
marcaje está vinculado a la normativa que regula la captura de
especies salvajes.
El marcaje es necesario para identificar individualmente a los animales
dentro de una población, ya que la baja variabilidad morfológica
entre los corzos no permite un reconocimiento individual fiable (Nietfeld
et al., 1994). Las técnicas de marcaje que podemos utilizar en
el corzo son muy variadas y dependen de la naturaleza y del objetivo de
la captura. Esta técnicas evolucionan en relación al desarrollo
de nuevos materiales y tecnologías.
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| Fig. 8:
Marcaje mediante collares de colores. |
Antes de
seleccionar una técnica en particular debemos considerar: el período
de tiempo durante el cual debe permanecer la marca (temporal, semipermanente
o permanente), la distancia a la que los animales marcados pueden ser
identificados, la necesidad de una identificación individual, la
rapidez con que deben ser marcados los animales, el tiempo disponible
para identificar los animales marcados y el efecto del marcaje sobre la
supervivencia o su comportamiento (Nietfeld et al., 1994).
La elección de un determinado método debe tener en cuenta
los siguientes criterios: producir el mínimo dolor o estrés,
no producir efectos adversos sobre la supervivencia y el comportamiento,
tener unas buenas características de retención y durabilidad,
ser fácil de reconocer, de aplicar y de obtener, y ser relativamente
económico.
En el corzo, al igual que en el resto de los ungulados silvestres, son
numerosos los métodos de marcaje visual que se pueden utilizar,
pero los más empleados son las etiquetas auriculares y los collares
(sistemas semipermanentes). Las etiquetas, que pueden ser metálicas
o de plástico (existen diferentes formas, tamaños y colores),
deben estar numeradas y dependiendo del objetivo del marcaje es conveniente
poner dos, una en cada pabellón auricular. Los collares (Fig. 8),
que pueden ser de cuero o de plástico, es aconsejable que sean
extensibles cuando los coloquemos en corzos jóvenes o en machos.
Sobre los collares se pueden colocar etiquetas numeradas o puede utilizarse
otro sistema complementario que facilite la identificación del
animal. Para evitar problemas posteriores, al montar el collar hay que
dejar un espacio de aproximadamente dos dedos entre éste y el cuello
del corzo. (Boutin et al., 1993a).
5. TRANSPORTE
Los animales
salvajes pueden transportarse utilizando cajas de transporte individuales,
o bien, en contenedores de transporte de vehículos acondicionados
para tal fin (Joslin y Collins, 1999; Ebedes, 1993). Ambos sistemas deben
cumplir unos requisitos básicos: deben ser resistentes, estar bien
ventilados pero sin corrientes de aire, deben proporcionar oscuridad y
deben disponer de un suelo antideslizante (paja o serrín). Además,
en el caso del transporte por carretera, el vehículo debe estar
en buenas condiciones para circular y debe ser conducido por una persona
experta en el transporte de animales (Ebedes y Raath, 1999). En los viajes
largos, los animales deben disponer de suficiente espacio para poder tumbarse
sin ser pisados (Ebedes, 1993). También, hay que suministrarles
agua (es útil poner bloques de hielo dentro de las cajas o de los
contenedores para que los animales puedan lamerlos durante el viaje).
El transporte debe realizarse en el menor tiempo posible. Hay que seguir
la ruta más corta, pero a través de las carreteras que estén
en las mejores condiciones. Hay que evitar las carreteras con muchos baches.
No hay que pasar a través de las grandes ciudades ni de rutas que
impliquen parar y arrancar repetidamente. Los conductores deben conocer
perfectamente la ruta. En los traslados de larga duración hay que
realizar paradas a intervalos regulares (cada 2 ó 3 horas) de unos
15 minutos para inspeccionar a los animales y para que el conductor descanse.
La inspección de los animales debe hacerse de forma discreta para
no molestarlos (Ebedes, 1993).
Es mejor transportar los animales despiertos, pero es recomendable administrarles
tranquilizantes. Éstos permiten reducir el impacto que tienen sobre
ellos toda una serie de factores estresantes que aparecen durante el transporte,
como son: el hambre, la sed, la proximidad humana, los conflictos entre
los animales, las frenadas repentinas, la conducción brusca, etc.
Además de reducir el estrés, el uso de tranquilizantes permite
reducir el número de lesiones y la mortalidad durante el transporte.
Los tranquilizantes deben administrarse lo antes posible una vez capturados
(Ebedes y Raath, 1999).
No hay que transportar juntos los animales de especies diferentes ni los
animales agresivos. Hay que separarlos mediante cajas individuales o particiones
sólidas. En general, las hembras, los jóvenes y los machos
subadultos pueden transportarse juntos (Ebedes, 1993). Los machos adultos
y los subadultos agresivos deben ser tranquilizados y transportados en
cajas individuales. En el caso que haya que mantenerlos en un mismo grupo,
hay que tranquilizarlos todos a la vez, ya que los animales no tranquilizados
pueden agredir y lesionar a los que ya lo están (Ebedes y Raath,
1999). Para reducir los conflictos entre los animales, hay que capturar
y transportar juntos a los miembros de una misma família o grupo
social. En los grupos familiares sólo suele ser necesario tranquilizar
a los animales adultos, ya que así su actividad se reduce y los
jóvenes se calman. A veces hay que administrar una dosis baja de
tranquilizante a los animales jóvenes cuando están hiperexcitados
o son separados temporalmente de sus madres.
Para transportar corzos, es necesario cortarles los cuernos cuando se
transporten varios animales en una misma caja o contenedor. Sin embargo,
esto solo puede llevarse a cabo cuando los cuernos estén completamente
desarrollados. Es peligroso transportar a los animales si los cuernos
aún están desarrollándose, ya que son estructuras
muy vascularizadas y se pueden producir fácilmente heridas y hemorragias.
En el Real Decreto 66/1994, por el que se establecen las normas relativas
a la protección de los animales durante el transporte, se prohíbe
transportar a los cérvidos en el periodo de renovación de
los cuernos (Anexo, Capítulo IV, 43.9).
6. LIBERACIÓN
El lugar
elegido para la liberación de los corzos ha de tener unas características
determinadas. Los requerimientos ecológicos necesarios de la zona
que hay que tener en cuenta son, principalmente: que sea tranquila y alejada
de poblaciones, carreteras y accidentes geográficos pronunciados.
También, es aconsejable que en la zona no se cace durante un tiempo
razonable para permitir el asentamiento de los animales.
Existen dos formas posibles de liberación de los animales en el
lugar de destino. Por un lado, la liberación inmediata desde las
cajas o vehículos en los que se transportan (Figs. 9 y 10), y por
otro lado la liberación retardada, en recintos o cercados de aclimatación.
No existe un criterio unánime sobre la conveniencia de utilizar
uno u otro método. Para algunos autores, es absolutamente necesario
un periodo de aclimatación en un recinto durante 1 a 4 semanas
para reducir el estrés de la captura y del transporte (Tarello,
1991). El lugar ha de ser lo suficientemente tranquilo como para que los
animales se recuperen. De esta forma, además permite la realización
de un control sanitario adecuado, ya que hay que asegurarse al máximo
que no se introduzcan agentes patógenos que se puedan transmitir
a otros individuos e incluso a otras especies. Cuando llega el momento
de la liberación, es conveniente permitir que los animales vayan
saliendo por sí solos al dejar abierta la puerta del cercado. Ha
de realizarse en una época favorable, preferiblemente la primavera
(mayo).
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| Fig.
9: Cajas individuales para el transporte de corzos. |
Fig.
10: Liberación de un ejemplar que lleva un collar de radioseguimiento. |
Sin embargo,
algunos expertos piensan que lo mejor es una liberación inmediata
siempre que el lugar y la época sean adecuados. En este caso, los
vehículos se han de dirigir adecuadamente para que los animales
cuando salgan de las cajas o del mismo vehículo, puedan tener delante
una extensión de terreno amplia y sin la presencia humana. Hay
que tener cuidado porque en estos momentos se pueden producir numerosos
traumatismos por el miedo que produce en los animales esta situación.
Si los corzos se encuentran anestesiados, se dejarán en el suelo
en un lugar alejado del vehículo, se realizará una última
exploración y se administrará el antídoto, permitiendo
que el animal se recupere, levante y marche por sí solo, sin interferencias
humanas. En el caso de anestésicos no reversibles, se dejará
a los animales en el suelo y se les observará permanentemente hasta
que despierten, se recuperen y marchen.
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| Fig. 11:
Fractura múltiple bilateral de las apófisis transversas de las vértebras
lumbares. |
Por último,
es conveniente que, en cualquier caso, los animales que se liberen estén
marcados para poder realizar un seguimiento y comprobar el éxito
o fracaso de la liberación, así como realizar la necropsia
si alguno de los corzos muere durante o después de la liberación.
7. CONSECUENCIAS ADVERSAS DE LA CAPTURA
La respuesta
de estrés que provoca la captura y la manipulación de los
animales salvajes tiene, sin duda, un valor adaptativo, pero si ésta
es exagerada o si el animal no supera la situación que la desencadena
puede tener efectos negativos. En los animales salvajes las principales
consecuencias de la respuesta de estrés son los traumatismos (contusiones,
fracturas (Fig. 11), luxaciones, hemorragias externas...), los procesos
cardiovasculares, las paradas respiratorias, las alteraciones digestivas,
los trastornos reproductivos y la inmunosupresión, que incrementa
la sensibilidad de los animales a los agentes infecciosos (Gibert, 1991).
No obstante, uno de los procesos patológicos más frecuentes
provocado por la captura y el manejo de los ungulados salvajes es la miopatía
de captura.
7.1.
Miopatía de captura
Miopatía
de captura es el término que con más frecuencia se utiliza
para describir el proceso de degeneración de los músculos
esqueléticos y cardíaco que sufren muchos mamíferos
y aves salvajes durante su captura y manejo. No obstante, se trata de
un síndrome que también afecta al hombre y a los animales
domésticos (Bartsch et al., 1977; Young, 1995) y que también
se conoce con los nombres de rabdomiolisis debida al ejercicio, miopatía
de estrés, enfermedad por sobreesfuerzo, polimiopatía degenerativa,
miopatía de transporte o necrosis muscular (Bartsch et al., 1977;
Chalmers y Barret, 1982).
Los animales salvajes en los que se ha descrito con más frecuencia
este síndrome son los miembros de las familias Cervidae y Bovidae
(Young, 1995). Los animales pueden padecer miopatía de captura
independientemente de la época del año (aunque es más
frecuente cuando las temperaturas son más elevadas), del estado
de salud y del sexo (Chalmers y Barret, 1982) y del método de captura
físico o químico utilizado. Exceptuando algunas especies,
los animales jóvenes son menos susceptibles a padecer miopatía
de captura que los adultos.
En los animales salvajes, además del ejercicio físico, el
estrés provocado por el miedo juega un papel muy importante en
el desarrollo de este proceso (Chalmers y Barret, 1982; Young, 1995).
La importancia de la deficiencia de vitamina E o de selenio en la etiología
de la miopatía de captura aún no ha sido aclarada (Chalmers
y Barret, 1982). En los animales afectados se han descrito cuatro síndromes
clínicos: el shock de captura, el síndrome atáxico
mioglobinúrico, el síndrome de ruptura muscular y el síndrome
retardado-sobreagudo (Spraker, 1993).
- Shock de captura. Se observa en los animales recién capturados
y en los animales inmovilizados. La muerte se produce entre la primera
y la sexta hora después de la captura. Los principales signos
clínicos son la depresión, la taquipnea, la taquicardia,
la hipotensión y la hipertermia. La patogenia es similar a la
de un shock vasogénico-neurológico. Una estimulación
simpática prolongada provoca un aumento de la capacidad vascular
y una disminución de la presión sanguínea. Se produce
una congestión a nivel capilar que da lugar a la disminución
del gasto cardíaco, con la consiguiente hipoxia y posible muerte
del animal.
- Síndrome atáxico mioglobinúrico. Es probablemente
el más frecuente. Se puede observar a partir de varias horas
hasta unos cuantos días después de la captura. Los animales
presentan ataxia, contracturas musculares en el cuello y mioglobinuria.
La superviviencia depende de la gravedad de las lesiones, que se localizan
a nivel renal y muscular. En los riñones, la hipoxia debida a
la vasoconstricción (provocada por la activación del sistema
nervioso simpático y por las catecolaminas) provoca necrosis
tubular, la cual se agrava por la acción de la mioglobina. Si
la necrosis tubular es grave puede provocar una insuficiencia renal.
Las lesiones musculares también son debidas a la hipoxia, que
conlleva un metabolismo anaerobio y una acidosis que conducen a la necrosis
muscular. Estos animales mueren principalmente de insuficiencia renal,
azotemia y acidosis (Figs. 12, 13 y 14).
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| Fig.
12: Orina de un corzo que murió por una miopatía de captura. El
color marrón oscuro es debido a la presencia de gran cantidad de mioglobina. |
Fig.
13: Microfotografía de una muestra de riñón de un corzo donde
se observa la presencia de un pigmento intracitoplasmático de color
marrón amarillento (mioglobina) además de células tubulares degeneradas.
La nefrosis mioglobinémica es una lesión típica de la miopatía de
captura. |
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| Fig. 14:
Microfotografía de una muestra de músculo esquelético de un corzo
donde se observa hialinización y fragmentación de las fibras musculares
y la presencia de un infiltrado inflamatorio entre los restos de las
fibras musculares degeneradas típicas de una miopatía de captura. |
- Síndrome
de ruptura muscular. Se manifiesta a partir de 24-48 horas después
de la captura. Los signos clínicos más frecuentes son
la flacidez del tercio posterior y la hiperflexión de los tarsos,
debida a la rotura uni o bilateral del músculo gastrocnemio.
Su patogenia es una continuación del proceso anterior, una vez
superados el shock y la azotemia. Las extensas áreas de necrosis
muscular hacen que los músculos se rompan cuando deben soportar
peso. La mayoría de animales afectados mueren al cabo de unas
semanas. Las principales causas de muerte son los desequilibrios electrolíticos,
la acidosis y la toxemia debida a la necrosis masiva de los músculos
esqueléticos.
- Síndrome
retardado-sobreagudo. Es una forma poco frecuente que aparece en animales
que han permanecido en cautividad como mínimo 24 horas. Éstos
no muestran ninguna alteración mientras no son molestados, capturados
o estresados repentinamente, pero si algo de esto ocurre mueren en pocos
minutos. Las causas son una hiperpotasemia y una acidosis debidas a
una rabdomiolisis inicial que no fue lo suficientemente importante para
dar lugar a signos clínicos. Sin embargo, cuando el animal vuelve
a estresarse, la epinefrina liberada actúa sobre unas membranas
celulares alteradas eléctricamente provocando una fibrilación
ventricular y un paro cardíaco.
8.
AGRADECIMIENTOS
El presente
trabajo de revisión forma parte de un proyecto de investigación
sobre "Valoración del estrés de captura y manejo del
corzo (Capreolus capreolus)" con referencia AGF97-0493, que ha sido
financiado por la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología
(CICYT).
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Jordi Montané*, Ignacio Marco*, Jorge López*, Xavier
Manteca** y Santiago Lavín*
* Servicio de Ecopatología de Fauna Silvestre.
** Unidad de Fisiología Facultad de Veterinaria.
Universidad Autónoma de Barcelona.
08193 Bellaterra,
(Barcelona).
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